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Un año desde que nos desconectamos para conectarnos en la vida real

Fueron casi tres años de estar en línea. El Covid-19 fue una amenaza implacable que no distinguió género, edad ni raza, pero aún así, se enfrentó de maneras muy distintas, en diferentes lugares… El 13 de marzo de 2020 se registró el primer caso de Covid-19 en Guatemala. El país cerró sus fronteras muy eficazmente y de un momento a otro, hubo un encierro total. 

Desde que fue declarada emergencia a causa del Covid-19, la Organización Mundial para la Salud apoyó al Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social en Guatemala, participando en capacitaciones a funcionarios de servicios de salud sobre medidas de prevención, toma de muestras, protocolos de atención, diagnósticos y pruebas, manejo de emergencia, insumos, etc.

Se instauró un riguroso toque de queda y casi todas las familias adoptaron medidas higiénicas extremas, nunca antes vistas y para las que estábamos muy poco preparados. Aún así, hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para continuar con nuestra vida, sin arriesgar nuestra salud ni la de nuestros seres queridos.

Impacto del Covid-19 en la niñez y la juventud

Estar en casa generó emociones encontradas, pero sobre todo en los más pequeños de la familia. En contraste con los espaciosos parques infantiles que se pueden encontrar en EE.UU., desafortunadamente, Guatemala cuenta con espacios muy limitados, especialmente en las ciudades. Existen muy pocos parques públicos recreativos y, los que existen, en algunos casos, han sido invadidos por las pandillas o por personas adictas, quienes ponen en riesgo la convivencia de los niños.

Por ende, lo único que quedaba era el confinamiento y la convivencia forzada con la familia. Para algunos, fue beneficioso pasar tiempo con sus hijos, pero esto no fue así, para aquellos que enfrentaban retos de violencia intrafamiliar, hacinamiento, escasez de recursos y otras circunstancias difíciles de mencionar. 

En el Meso conviven estudiantes de diversos orígenes económicos. Así como hay estudiantes que cuentan con amplios patios en sus casas, la mayoría no goza de estos espacios. En especial nuestros estudiantes becados, quienes muchas veces viven en hogares muy pequeños, que deben compartir con sus hermanos, padres y a veces, con otros miembros de su familia como tíos, primos, abuelos y a veces incluso mascotas. 

Adaptarse a las clases virtuales fue un gran reto para todos, pero especialmente para ellos, que además de superar el reto del espacio, también tuvieron que buscar acceso a dispositivos digitales que sobrepasaba el presupuesto de sus padres. Por último, pero no menos importante, acceder a una red de Internet estable fue lo más difícil. Algunas empresas que proveían este servicio, no tenían cobertura en algunas aldeas y caseríos, por lo que muchos se atrasaron en el desarrollo de sus estudios, en lo que lograban contratar una empresa que llevara el Internet de manera eficiente, hasta sus casas…

A pesar de estos retos, tanto padres de familia como estudiantes, se unieron al rato y encontraron soluciones a todos los problemas. Desde chicos cuyos padres sacaron alguna tablet o laptop por medio de “Visacuotas”, hasta chicos que estudiaban todos los días por medio de un teléfono celular (cada uno en diferente grado).

Fue allí donde para el Meso, se volvió evidente que se necesitaba también darle solución a todos los problemas de conectividad, no solo virtual, sino también emocional, y fue así como nació nuestro programa de inteligencia emocional “Indigo”.

Meso unió sus fuerzas

 

A pesar de las evidentes dificultades, toda la comunidad Meso se puso manos a la obra. El personal administrativo, los docentes, los padres de familia y los estudiantes aceptaron el reto y tres días después del cierre, todos se habían subido al tren del “Homeschool”.

Las clases virtuales empezaron y lograron funcionar gracias a la creación de grupos en Facebook y la determinación de toda la comunidad educativa. Docentes y estudiantes compartieron retos científicos, artísticos, y de otras índoles para no perder el contacto entre ellos. 

Nuestro regreso del Covid-19

Como todo en la vida, nada es para siempre y nuestros estudiantes regresaron 100% a clases presenciales en enero del 2023. La emoción se sentía en el aire, los reencuentros fueron muy emocionantes y llenos de abrazos y cariños. Los chicos se sentían muy emocionados de volver a compartir momentos inolvidables con sus amigos. El regreso también supuso un shock, ahora para volver a acostumbrarse a la rutina y el ambiente. Pero como siempre, la comunidad Meso aceptó el reto con gracia y siempre dispuestos a encontrar soluciones efectivas. 

Al vernos todos los días, logramos identificar la necesidad de nuestros estudiantes de adoptar un estilo de vida más saludable y resiliente, para lo cual, desarrollamos varios programas y adaptamos nuevas medidas en nuestro colegio, tales como:

  • Desarrollamos un programa disciplinario para que los estudiantes comprendan y respeten los límites.
  • Renovamos la cafetería escolar e instauramos Meso Eats, con comida saludable que busca mejorar su calidad de vida y contribuir con su proceso cognitivo. 
  • Gracias a Meso Eats, eliminamos del menú comidas chatarra, sodas, “chucherías” y todo alimento procesado que no contribuye de manera positiva a sus cuerpos.
  • Aunque Indigo fue desarrollado durante la pandemia, hasta este 2023 abrimos una clase donde los estudiantes tienen un período a la semana en el cual adquieren herramientas para desarrollar una mentalidad de crecimiento, tomar conciencia de sí mismos y autodirigirse y regular sus emociones.

También identificamos la necesidad de nuestros estudiantes de socializar y crear nuevas conexiones entre ellos, por lo cual también organizamos:

  • Copa Meso y Torneo de Baloncesto, en los que estudiantes de distintos cursos jugaron al fútbol y al baloncesto.
  • Trabajamos en nuestro Huerto, donde los estudiantes aprendieron a cultivar vegetales y descubrieron la importancia de la conservación del suelo, entendiendo también el por qué el Meso también forma parte del movimiento Salvemos el Suelo (Save Soil).
  • Nuestros chicos, con mucha emoción y talento, participaron en nuestros concursos “Meso’s Got Talent” y “Spelling Bee”.
  • Por primera vez, 20 de nuestros estudiantes, entre las edades de 14 y 17 años, viajaron a EE.UU. para representar a Guatemala en el UNESCO Center For Peace Summer Camp (Campamento de verano del Centro UNESCO para la Paz). Allá, los chicos compartieron con estudiantes de otras culturas, aprendieron nuevas habilidades y tuvieron una experiencia que les cambió su perspectiva de la vida. 
  • Inauguramos nuestra clase Montessori para estudiantes de Prekinder y Kinder, para facilitar el desarrollo de nuevas habilidades en el marco de este modelo educacional.
  • ¡Celebramos 25 años de educación! Nos reunimos y celebramos a nuestro querido Meso y cómo ha evolucionado durante todos estos años.

¡Hemos logrado tanto, pero aún queda mucho por hacer! Pero por ahora, estamos agradecidos por todo lo que hemos logrado,  del tiempo que permanecimos encerrados y todas las lecciones que esto nos dejó pues, sin este dolor, no hubiéramos tenido la oportunidad de crecer, tanto los chicos como estudiantes, como los maestros y el personal administrativo. Todavía queremos crecer y seguramente se nos presentarán más retos y oportunidades este 2024.

Los inicios del Colegio Mesoamericano en voz de sus fundadores

Rogelia Principal

Las primeras semillas de la Fundación Meso comenzaron con Rogelia Morán, madre de Julio Salazar, fundador de la Fundación Meso y del Colegio Mesoamericano.

Conozcamos a Rogelia, la inspiración y motivación de Julio.

Durante su infancia, doña Rogelia junto a sus hermanos, gozaron del acompañamiento de un padre amoroso y una madre condescendiente. La comunicación familiar fue la clave del éxito en su familia y en la adopción de los valores que después le darían forma a una vida de compasión, educación y deseo de mejorar las vidas de los demás.

“Aunque vivíamos en áreas rurales, lejanas a las escuelas, en nuestra casa nunca faltaron los libros. Esa fue una gran luz que nos dio mi padre para iluminar nuestras vidas, él siempre se enfocó en enseñarnos muchas cosas desde pequeños. Cuando entré a primer grado, yo ya sabía leer y escribir porque mi papá me había enseñado. Al sol de hoy, lo que rodea mi cama son más de 100 libros y siempre estoy leyendo”, describe doña Rogelia Morán.

Mujer con su familia.

De blusa blanca, aparece doña Rogelia Morán junto a su hija María, su papá don Mario; su mamá María Consuelo Burgos y otros integrantes de su familia.

El amor de Rogelia por la lectura se convirtió en un deseo de seguir aprendiendo y poner en práctica nuevas habilidades. Eventualmente, se dio cuenta de que quería transmitir este conocimiento para ayudar a los menos afortunados.

“Desde muy jovencita comencé a trabajar como maestra de educación rural. Tuve la oportunidad de estudiar Avances Comunitarios y aprendí a criar animales y a cultivar plantas. Estudié también un curso de Salud Pública, logré ser directora de un programa de bienestar social y enseñábamos a las madres tareas básicas que ellas aplicaban en sus hogares. En la Universidad San Carlos de Guatemala, llevé un curso de Administración Hospitalaria. Gracias a ello aprendí a equipar y remodelar hospitales, y así ayudar ampliamente a los demás, en especial a los niños, a través del hospital Elisa Martínez, en Puerto Barrios, Izabal”, recuerda doña Rogelia, quien administró ese hospital por varios años.

Dos mujeres sentadas juntas

A la izquierda, doña Rogelia Morán con una amiga de trabajo.

A lo largo de su trayectoria, educó a grupos de campesinos para que aprendieran a administrar mejor sus tierras y sus producciones animales y agrícolas. También logró educar a madres de familia acerca de la importancia de una alimentación balanceada durante la lactancia y a desmentir mitos dañinos para la seguridad alimentaria de las madres y sus hijos. Además, en el transcurso de su vida, Rogelia tomó bajo su protección a muchos niños e incluso adoptó informalmente a algunos de ellos.

“He sido consultora de hogares. He visitado a hermanos en situaciones difíciles y también de alegría y siempre he encontrado la oportunidad para aprender y enseñar algo. He tenido la buena suerte de que mis hijos siempre me consultan cosas. Hasta la fecha, vibra en mí el deseo de enseñar y organizar, porque me da lástima ver todos los recursos que se desperdician en cualquier lugar, cuando las personas no tienen esa noción”, explica doña Rogelia a sus 90 años.

Mujer enseñando agricultura a jovencitas

Doña Rogelia enseña agricultura a chicas de una escuela.

Todo este ejemplo de enseñanza y ayuda al prójimo no cayó en vaso vacío. Su hijo, Julio, siempre estuvo detrás de ella, escuchando y aprendiendo de su ejemplo.

Cuando Julio apenas cumplía los 6 años, Rogelia reconoció que Julio había captado la idea de ayudar a los demás. Más de una vez, Rogelia lo sorprendió “robando” algunos huevos para compartir con un amigo que siempre mencionaba no haber podido desayunar. “Eran las acciones de un hijo, viendo a su madre que incansablemente ayudaba a los demás. Ese deseo persiste en mí hasta hoy, no me he cansado de ayudar a los demás, tal y como mi madre me ha enseñado. Los niños aprenden más por el ejemplo que por cualquier palabra que les digamos. Mi madre me ha enseñado con el ejemplo, que el camino es ayudar”, finaliza el ingeniero Salazar, conmovido hasta las lágrimas al tener a su madre al lado, su ejemplo de vida.

Mujer y sus hijos

Doña Rogelia se acompaña de sus hijos: 1. María, 2. Mario, 3. Julio, 4. Boris y 5. Juana.

“Al observar a mi madre, se me prendió la chispa de que valía la pena hacer cosas por los demás. En casa siempre había personas a las cuales mi madre ayudaba. Verla siempre en acción, fue formando en mí una inquietud a lo largo de los años. Primero, por hacer el bien y segundo, por cultivarme y sembrar en las nuevas generaciones, la misma semilla que ella sembró en mí. Quería llevar a la acción algo que fuera importante y significativo para la gente”, recuerda el ingeniero Julio Salazar, conmovido por los recuerdos. 

A Julio se le dio la oportunidad de ir a la universidad en Estados Unidos, se graduó como Ingeniero Industrial y consiguió un trabajo en Compaq Computer Corporation. Sin embargo, nunca perdió la pasión por hacer algo significativo por su país. Dos veces renunció a su trabajo e intentó hacer un proyecto en Guatemala, y dos veces fracasó y tuvo que regresar a Estados Unidos y reagruparse. No fue hasta la tercera vez que él y sus antiguos amigos obtuvieron el capital inicial para comenzar un proyecto. Para entonces, él y sus amigos habían analizado muchos proyectos potenciales para ayudar a Guatemala. Discutieron proyectos basados en atención médica, medio ambiente, negocios sociales y muchos más hasta que se decidieron por la educación.

Hombre en su graduación

Graduación de Julio Salazar en Brigham Young University, BYU en 1982.

En 1997, Julio y sus antiguos amigos dieron vida a la Fundación Rose, ahora conocida como Fundación Meso. “Primero definí una meta: la educación era lo que queríamos lograr; de ahí nació la misión y la visión de la Fundación. Nos enfocamos en las habilidades y capacidades que las futuras generaciones necesitan para tener éxito en la vida y comenzamos desde ahí”, explica nuestro fundador. La misión de la Fundación Meso hoy en día es “Empoderar a las personas nativas de Guatemala con oportunidades” y su visión es una “Guatemala más feliz, saludable y próspera.”

Desde el principio, la Fundación Meso se ha esforzado por abrir caminos para las nuevas generaciones y proporcionarles herramientas para emprender el viaje hacia el éxito. La defensa de Rogelia fue clave en esta creación. Su dedicación a los demás y su instinto protector como madre impactaron la vida de muchas personas, incluso más allá de su propia familia. Rogelia continúa siendo testigo del legado que transmitió a Julio a lo largo del crecimiento y éxito del Colegio Mesoamericano.

Hombre hablando con su mamá

Durante las visitas a su mamá, Julio platicaba y disfrutaba de relajarse en las hamacas que doña Rogelia tiene en su casa.

Esperamos que este legado de amabilidad y conocimiento continúe durante muchos años más, para que el espíritu altruista y las ideas educativas revolucionarias de Julio sigan viviendo.